Etapa 9

Santiago – Algarrobo – Santiago,Viernes 18/01/2002

  

Una vez más revisé el Isetta, abrí la tapa del motor y chequeé el aceite, verifiqué los frenos y otros detalles. Según me habían dicho, el camino hasta Algarrobo es mayormente por autopista, una ruta en excelente estado con dos túneles en su recorrido. Luego un tramo de ruta angosta y listo. Sólo algunas subidas se interponían en el camino, pertenecientes al cordón montañoso denominado “cordillera de la costa”.

 Pero antes hubo que salir de Santiago. Los semáforos en Santiago cambian de luces con lentitud. Primero se apaga la verde, lentamente, mientras se enciende la amarilla, luego se apaga la amarilla lentamente y se enciende la roja. Me comentaron que hace diez años el tránsito era mucho más ordenado que en la actualidad, igualmente a mí me pareció bastante más tranquilo y ordenado que el caótico tránsito de Buenos Aires.

 Si no me equivoco, Macul se halla al noreste del centro de Santiago, y debíamos viajar hacia el oeste, así que calculo que cruzamos por toda la ciudad. En un momento pasamos frente a la casa de gobierno, el histórico Palacio de la Moneda. El tránsito en esa zona era intenso por lo que no pude pararme a sacar una foto. Una lástima.

 Unas cuadras más allá percibo que el pedal de embrague estaba inusualmente blando. Costaba mucho sacar los cambios. Diagnóstico a primera vista : De golpe estaba sin embrague. Con el pesado tránsito detrás, me bajé y con un poco de esfuerzo subí la rueda delantera izquierda sobre la vereda. Me tiré al piso de ese lado y verifiqué el problema : el perno que actúa como apoyo de palanca del accionador de embrague estaba libre y saliéndose hacia atrás, llegando incluso a tocar la parte externa del manchón de goma. Poner el perno en su lugar no iba a ser difícil, lo complicado iba a ser mantenerlo allí. El motor y el escape estaban calientes y me quemé el brazo derecho en varios lados. Con un destornillador recoloqué el perno y lo rodeé con unas vueltas de cinta para mantenerlo sujeto. Pero el problema se repitió hasta que decidí tardar un poco más pero hice un arreglo más duradero con una abrazadera y un par de alambres. Funcionó.

 Con la falla corregida, retomamos el viaje, ahora sí definitivamente. La carretera estaba libre, con un tránsito intenso pero fluido. En el camino, me pararon dos veces los carabineros. Me pidieron documentos personales y del vehículo, no pasó nada, pero en realidad yo creo que debajo de su gesto adusto lo que querían era satisfacer su curiosidad por tan extraño vehículo.

 Luego de unos 110 Km. llegamos a Algarrobo. Un par de lomas, una curva rodeada de árboles... y al fondo el océano. Realmente no pude ver mucho de la población, sólo una pintoresca costanera. Igualmente, la consigna era llegar al Pacífico... y allí estaba, por fin.

 Nos acercamos a la costanera y allí estacionamos. Estábamos allí, mi Isetta y yo, frente al otro extremo del continente. Muchas cosas se me cruzaron por la mente, las imágenes y los sonidos se agolpaban uno tras otro. Me sentí enormemente orgulloso, y en ese orgullo incluía a todos aquellos cuyo esfuerzo y ayuda había permitido que yo llegase hasta allí. Incluso pensé en aquellos que no apostaban a que llegásemos, porque a ellos también les estaba demostrando que era posible. No como una echada en cara, no como una revancha, sino como una prueba y un logro personal y grupal.

 Alejandro tomó mi cámara y me sacó unas fotos mientras sumergía mis pies en el Pacífico. El sueño estaba cumplido. Había cruzado el continente. Todo gracias a un montón de gente...y a mi BMW Isetta.

 Se estaba haciendo la hora de regresar. Ya era tarde, no habíamos comido y los chicos tenían hambre. Cargamos combustible y emprendimos el regreso.

Paramos a comer en un Fast – Food. Cargué allí un poco de nafta, ya había perdido un poco por la tapa floja del carburador.

 El regreso fue sin complicaciones. Al haberse hecho tarde, preferimos ir directamente al compromiso familiar : el cumpleaños de una sobrina de Alejandro.

La pasamos muy bien, nuevamente me hicieron sentir como uno más de la familia, y comimos hamburguesas, con pasta de palta por supuesto. Debo admitir que no saben mal para nada, pero sí que el gusto es distinto y extraño.

 Llegamos a la noche a la casa de Alejandro e inmediatamente preparé los equipajes para emprender el regreso. Cuando todo estuvo listo, a bañarse y a dormir. Había sido un día muy agitado y lleno de emociones positivas.

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