Etapa 10

Santiago – Mendoza (Argentina),Sábado 19/01/2002

 

El regreso auguraba ser mucho más rápido, directo y confortable que el viaje de ida. Arranqué el Isetta. Como fue la costumbre en todo el viaje, un par de giros del Dynastart y el motor comenzó su característico “paf, paf, paf” hasta que unos segundos después ya podía acelerarse con soltura aunque sin excederse hasta que al menos el motor tomase temperatura.

 Llegamos a la casa de Walter, quien ya me estaba esperando en la puerta con su Vanagon azul oscuro metalizado y su trailer verde. Lo acompañaba Carlos Amaya, y poco después llegó Jorge Nario. Lamentablemente, Alejandro no me iba a poder acompañar. Allí nos despedimos con un fuerte abrazo y con el deseo de que alguna vez nos podamos volver a ver personalmente...

 Subimos al Isetta en el trailer, con todo el equipaje adentro, y lo atamos fuertemente con sogas entrelazadas al tren trasero y a los cuernos de defensa delanteros. Salimos a las 9 en punto.

 Pero casi a punto de tomar la autopista Los Libertadores, saliendo de Santiago, Walter se dio cuenta de que le faltaban los documentos personales. Ello nos retrasó ya que no era posible pasar la frontera sin los documentos. Preferimos quedarnos con Jorge en una estación de servicio con el trailer mientras Walter volvía a su casa a buscar el documento. 

Reiniciamos el viaje, sin complicaciones, por la autopista. El Isetta nunca había subido las cuestas tan rápido... claro, subido al trailer...

 Desentendido de la atención al manejo, como un pasajero más dentro de la cómoda y silenciosa Vanagon, aproveché para filmar un poco y apreciar el terreno montañoso.

 Llegamos al hotel internacional Portillo, una villa de esquiadores flanqueada por una hermosa laguna. Allí nos detuvimos para sacar unas fotos y yo llamé a Eduardo Thompson para avisarle mi posición. El me podía ir a buscar hasta Uspallata, así que viajaría solo desde la frontera hasta allí. En caso de sufrir algún problema, él podría seguir viaje hasta encontrarme.

 Esto no le pareció muy bien a Walter, quien luego de pensarlo un poco decidió llevarme hasta Uspallata. Yo me sentí un poco incómodo porque me parecía que ya habían hecho bastante por mí. Estaba más que conforme y feliz si me dejaban en la Aduana Argentina y se volvían y no quería abusar de su confianza. Pero en fin, Walter insistió, y sin objeciones del resto de los compañeros, seguiríamos viaje.

 El trámite en Aduana fue rápido. Llegamos a Uspallata sin complicaciones, bajamos el Isetta y me despedí de mis amigos chilenos, no sin antes regalarle a Walter el carburador que llevaba de repuesto. Poco después de perderse la Vanagon en la ruta hacia la frontera, llegó Eduardo en su Ford Ranger doble cabina, acompañado de su esposa. Un caluroso saludo y procedimos a cargar en la camioneta los bolsos de equipaje y un cajón plástico que contenía otras cosas. De otro modo el manejo se me hubiese tornado más que incómodo.

 El viaje de regreso fue rápido y sin complicaciones. El Isetta andaba alegre, aprovechando la mayor parte del trayecto en bajada. A decir de Eduardo, durante muchos tramos sostenía velocidades de 70 Km/h. Los frenos seguían trabajando muy bien, la estabilidad del vehículo era sorprendente, en especial en las cerradas curvas. Sólo un poco de juego en la dirección, causada por el “gusano” desgastado, falla muy común en estos autos, me hacía llevar un control continuo del volante, corrigiendo el rumbo con cortos movimientos del brazo.

 La caja de cambios funcionaba a la perfección. Las velocidades entraban con soltura, e incluso al bajar un cambio esto ocurría sin ruidos a engranaje. Durante todo el viaje la caja de cambios se portó excelentemente y nunca saltó un cambio, ni siquiera en caminos en mal estado. Sólo molestaba un poco el ruido que hacía la palanca dentro de su alojamiento, un poco grande y desgastado por cierto.

 En Potrerillos, a mitad de retomar la subida, el Isetta comenzó a fallar y se detuvo. El problema de siempre : poco descenso de combustible. Paré un rato, de paso dejé enfriar el motor, purgué el filtro de nafta y seguimos viaje.

 Al regreso tomamos la misma ruta que a la ida, un camino angosto y dañado que pasa por detrás de la destilería de Luján de Cuyo. Al anochecer llegamos a la ciudad de Mendoza y a la casa de Eduardo. Me recibieron como a un hijo, me agasajaron con un asado y pasé allí la noche. El Isetta quedó bajo llave, a la espera del camión que lo llevaría de regreso. Previamente nos encargamos de sacar los limpiaparabrisas, los espejos retrovisores y el portaequipajes. Fin del Raid para él aunque todavía le faltaban más de 1000 Km. de recorrido. En camión cerrado, claro.

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